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Este día, pequeños lectores y visitantes ocasionales, abordaremos un tema no delicado pero que sí requiere cierta atención para su correcto entendimiento. Como el título que probablemente los atrajo hacia este texto enuncia, hablaremos sobre los buenos modales.

Carreño ya estableció hace algún tiempo la normativa protocolaria para el correcto desempeño de una persona en sociedad, jugando correctamente su rol de sujeto “educado” (lo pongo entre comillas porque de un manual no se puede obtener cultura o educación, sino pobres imitaciones del circo que se vive en sociedad), es nuestro tiempo de marcar ciertas pautas de comportamiento análogas a las del manual de éste señor.

Dejando a un lado lo anterior y postrados ante la magnífica presencia de los fenómenos sociales que se suscitan en ésta época, es como este día hablaremos sobre los buenos modales que debe observar cualquiera que desee participar en el ciclo comunicativo y en las tendencias crecientes de los lectores en metamorfosis de ser escritores.

Uno de los grandes sucesos de nuestra era, es sin duda mis niños, la aparición de la corriente conocida como Web2.0 y sus vástagos conocidos como redes sociales, que como Janos vienen a ser albacea y origen de pasados y presentes que una vez escritos en la red, nunca más vuelven a desaparecer.

Si bien ésta corriente ha impactado en muchos sentidos a la sociedad, resulta pertinente indicar una lista de reglas que deben observarse tras leer un artículo y en el momento justo de convertir una simple opinión en un comentario público, en un post (que utilice cualquier género o recurso literario) o bien, en un tweet (Twitter no es un chat… Los odio por hacer de twitter un chat).

No criticar la ortografía o gramática.

Para que un comentario sobre algo sea, en primer instancia de algún valor, debe omitir anotaciones sobre la gramática o la ortografía, ese no es el papel que corresponde a un usuario de la Web2.0, es papel de los editores de contenido arreglar esas cosas. A pesar de ello, por mi parte y mi criterio, dejo dos condiciones para poder atacar la ortografía o la gramática de un texto.

Se puede criticar la gramática cuando en la lectura aparezca ambigüedad; creo pequeños, que para estas alturas bien sabemos que cambiar una palabra por otra puede alterar el sentido de una oración, más aún cuando el núcleo del sintagma nominal o bien del determinante, es víctima de la ignominia del autor.

En cuanto a la ortografía y las peculiaridades léxicas, sólo debe ser válido cuando la idea, contexto, elocuencia y ritmo del discurso valgan la pena de una segunda revisión. Porque hay textos que ofrecen buenas ideas, que ofrecen algunas opiniones rescatables y sobre esas ideas hay que trabajar para poder armar un criterio, pero un criterio bien escrito, por favor.

No cuestionar las fuentes

Esta es una cuestión que obedece a un principio moral más que a una razón justificable. El autor del texto que estamos leyendo consultó otros textos y fueron su fuente de inspiración, de modo que no se pueden cuestionar las fuentes respecto al trabajo que estamos leyendo ya que su contexto es distinto al de las referencias.

Quizá si vamos y leemos las fuentes nos demos cuenta de que las interpretamos de manera distinta a las del texto que estábamos criticando, en ese caso nuestro objeto de crítica ya no es el primer texto si no una fuente y tenemos que reconsiderar ésta lista de nuevo.

Para ahorrarnos problemas ontológicos y semánticos respecto a esta relación cíclica de lectura crítica respecto a un contexto, es mejor ahorrarnos el cuestionar las fuentes. Son eso, fuentes y el texto que leemos les da un contexto y con ello un nuevo sentido.

Criticar las ideas generales y no al autor

Ésta quizá sea la que mayor valor provea al leer un artículo, nota o texto en general. Cuando el autor exponga una serie de ideas propias (sea éste mismo texto ejemplo) basadas en la observación de un fenómeno o sean conclusiones de un proceso deductivo, lo mejor en aras de enriquecer el conocimiento es criticar directamente la idea.

Debatir fervientemente otros puntos de vista, proponer otras perspectivas, estirar los alcances de la idea propuesta, reinventar los escenarios en los cuales las ideas fueron concebidas, usar el contexto mismo del entorno para añadir nuevos escenarios. Mantenerse al día en el contexto que se está discutiendo resulta primordial para poder ofrecer un comentario de valor.

Criticar al autor cuando su punto de vista especifico lo merezca

Considero este punto el más delicado al hablar de los buenos modales en las sociedades de la información, pues levantar una crítica directa al autor implica naturalmente alejar la atención del tema en discusión y muy probablemente, entretenerse en discusiones elevadas de tono sin ningún beneficio; y más aún, al criticar al autor estamos inherentemente creando un juicio basado en nuestro edificio ético-moral.

Para que una crítica al autor sea efectiva el primer paso es considerar la formación y perfil del autor. Conocer ideológicamente al autor no implica necesariamente entender sus orígenes, y aunque el objetivo no es crear un perfil psicológico del autor, sí debemos tratar de extender los límites de nuestra propia tolerancia y entender su punto de vista.

En algunas ocasiones es pertinente levantar una crítica directa al autor, cuando éste incurra en juicios personales o su opinión sea deliberadamente parcial. La crítica debe venir acompañada del caso específico en el que el autor no está ejercitando la libre (y no juiciosa) opinión.

En el juego de política, tal parece que esto funciona exactamente al revés. En lugar de considerar al autor como el medio pensante para crear ideas y conceptos a partir de datos y fuentes, se considera como la diana de ataque en el que las fuentes, ideas y conceptos son prostituidos y vendidos sin vergüenza alguna.

Cuestionarse a uno mismo antes de emitir opinión.

Mi favorito. Antes de emitir una opinión debo pensar ¿yo qué haría/hago en la misma situación? La autoconsideración normalmente no va de la mano cuando emitimos una opinión, porque nuestro sistema cerebral de respuestas instintivas no está conectado con el de la razón y el juicio y mucho menos considera la memoria de largo plazo.

En este tenor vale la pena ejercitar nuestra mayéutica y discutir por negación todo lo que se nos pueda ocurrir. Si al final de discutir mis propias ideas, el resultante de este proceso de pulimiento puede entonces ser de algún valor.

Durante esta mayéutica es importante considerar y librarse de todas aquellas predisposiciones impuestas por la consuetudinariedad y el paradigma de nuestro día a día y evitar en la medida de lo posible apelar a los dogmas.

Y aquí es donde se torna mi favorito: ¿saben las personas religiosas que están primadas por la opinión de su religión ante situaciones morales? Normalmente la respuesta es NO, porque es más fácil apelar al enorme monstruo dogmático y aceptado por la sociedad que crearse un juicio propio.

Mis niños, les dejo este breve manual con la esperanza de ver algunos comentarios valiosos sobre estas ideas, destrúyanlas, modélenlas, transfórmenlas y hagan ruido con ellas.