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Bajo la feliz excusa de la juventud y las ganas excedentes de vivir todo aquello que al mínimo tiempo de vida que vamos viviendo, en la mayoría de las ocasiones pasamos de largo por encima de la experiencia y no es hasta el inevitable golpe fatídico cuando nos damos cuenta del desenlace imprevisible de lo que habíamos venido viviendo.

El asunto de vivir se convierte en la efímera expresión del transcurso acelerado del tiempo y nuestras carreras insensatas contra los propios fantasmas en pos de una trascendencia que parte de lo particular y egoista a la búsqueda a ciegas de un motivo final por el que la vida tome un valor que sea más relevante que el enorme vacío con el que nacimos. La simplicidad de la vida parece una ofensa a la complejidad de los razonamientos que la envuelven y no es hasta el día final, el día de nuestra partida en el que tomamos conciencia de la serie de eventos que fueron hilando las consecuentes experiencias que nos han tocado vivir. 

El efecto del caos en la armonía natural crea el esquizofrénico retén de mariposas y luciérnagas que tejen los sentimientos de los que la especie se vanagloria; la felicidad en la forma más prístina y duradera de placer como dictadora ante la búsqueda de cada persona y los sentimientos de tristeza, miedo y dolor se convierten en una especie de antigradiente que aleja al ser humano aunque sea el caso de quienes viven ahogados en su propia tristeza y dolor por miedo a no querer salir a experimentar.

La humanidad se ha vuelto insensible y ciega a su entorno y hacía si misma y en esta ceguera contemporánea hemos perdido de vista el cielo de lo que hace miles de años comenzó con la simple supervivencia y hoy nos llamamos humanidad cuando la palabra escapa de todo sentido tecnológico creado por la misma mano del hombre; no hemos creado esa inteligencia artificial capaz de entender y proteger al ser humano como servil herramienta en los utópicos mundos que autores de eras pasadas nos plantearon. Sin embargo hemos reducido el intelecto del ser humano a la máxima expresión de 140 caracteres y de todos estos medios en los que los objetivos de comunicar y expresar se van perdiendo en pos de una globalización cada vez menos aterradora y cada vez más intrusiva en nuestra vida diaria.

Vivimos una era en la que la importancia de los demás radica únicamente en el valor utilitario de su forma de expresión en todos los medios que exageran la comunicación y la privacidad pone a prueba el temple de la confianza y esa es la última frontera del ser humano, la confianza. Aún podemos expresar la humanidad en términos de la confianza que extiende hacia sus semejantes en la convivencia social y hacía si mismo. La confianza sobrada y dada en exceso ocasiona la pérdida de humanidad sacando lo peor de cada uno de nosotros y la falta de la misma vuelve al ser en ajeno y enalienado de su entorno real; el sol no es más el astro que brilla alegre en el cielo cada día sino la pauta rutinaria de una vida sin ritmo pero mucho contenido.

Escapar no es opción pues los que escaparon y lograron la libertad se fueron hace tiempo y hoy en día escapar implica perder la confianza en la humanidad y dejar de participar no cambia aunque la extrapolación del pensamiento obligue a la imaginación a concebir un mundo donde todos escapan y la libertad se vuelve la prostituta de la convivencia y la sociedad es solo el prostíbulo del egoísmo y la crítica de las voces apagadas se vuelve solamente el rumor de un viento de cambio que hace años comenzó y que hoy es un cáncer en la sociedad,

Hay que aprender y vivir hundido en los pantanos de nuestra sociedad porque no hay otra forma de aprender el mal del mundo que experimentarlo en carne viva y dado que cada momento la vida nos obliga a perder foco de lo que vivimos, reconocer el mal se vuelve una tarea poco menos que inútil pues la rutina de horarios marcados y la carrera por la supervivencia no permiten a nadie experimentar su entorno y dejarse llenar de dolor o felicidad sea cual sea el caso.

El vaivén psicótico de las miradas perdidas de los que buscan es la llama que arde en la sociedad de hoy en día y la infancia es el feliz títere de un mundo paradójico en el que es más importante el estatus que el sentimiento, el éxito es una burda imitación de un ideal de hace muchas décadas y el mundo y nuestra sociedad necesita cada vez con más desesperación hormigas que se salgan de la fila para mirar las plantas.