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Como toda buena carta inicia, ésta también iniciará con un saludo:

Mi … amante,

¿Por dónde comenzar? ¿Te parece bien si comenzamos a deshebrar la madeja de pensamientos que arremolinados en mi mente, esta noche claman su lugar en mi carta, remontando nuestra estrella y en un vórtice de recuerdos y reflexiones profundas, viajamos al pasado, a nuestro pasado?

¿Recuerdas cómo nos conocimos? Claro que sí, es una historia de esas que nos gusta platicar, que recordamos por su gracia inherente y por rememorar nuestro propio percibir del mundo, que en ese tiempo fuera más novel y más infantil aunque por ello mismo, más sincero.

Recuerdo mucho aquel día que cambió todo, cuando de alguna manera la confianza que se fue dando de una amistad un tanto inocua y no muy profunda, creció hasta sobrepasar ese delgado límite que asombrosamente, muchas personas que se dicen “amigos” jamás cruzan y que sólo algunas “parejas” estables llegan a conocer tras años y años de empirismo práctico.

Sé que sabes bien a cual día me refiero, fue aquel que… bueno, lo recuerdas. Después de eso, algunos de nuestros encuentros fueron dirigidos más por una entidad pasional que erotizaba y sublimaba cada instante, que por la fuerza social de una amistad.

Te convertiste en mi amante, mi confidente fuera de la ley, mi compañera sin tabúes y mi arma contra la regularidad monótona de los demás. En pago por ello me convertí en tu amante, en ese lado de tu mente que nunca está con los demás, en el dueño de ese particular sitio en tu ser que solo exploras cuando estamos juntos.

Nunca hemos podido definir lo que existe entre nosotros, animados por la curiosidad lo hemos intentado un par de veces sin conseguir mucho. No importa. Lo que importa es la experiencia fascinante de haberte conocido y el mural cubista de sensaciones que le das a mi desequilibrado ser.

Aquella vez que me tomaste de la mano, fue un momento tan sutil como erótico, tan público como nuestro y tan natural que me aterra.

Adoro mirar los detalles de tu fisonomía y la estructura con la que la naturaleza te envistió; me encanta la forma de tu labio inferior y la curva de tu cintura y su invitación permanente a una caída infinita que parte desde tu espalda y sus dominios.

Me gustan las sutilezas de tu caminar, lo erguido de tus hombros respecto a tu cadera y su dinamismo frente al vaivén de tus brazos y tu perfil siempre al frente que rompe la marcialidad del paso con la delicadeza de tus piernas y su poético andar.

Cuando te veo sentada es cuando más excitante me pareces, pues te muestras ante mi tan natural y misteriosa, tan relajada y tan perfecta. El cruce de tus piernas en perfecto contraste con la elocuencia de tus manos y la libertad de tu pecho ante la gravedad, todo enmarcado por tus labios certeros y coronado por tu mirada.

Por mencionar tu mirada recordé tus ojos. Unas veces sonríen y tu boca los acompaña en suave sinfonía que en mi cerebro resuena acrecentando el deseo de conocer su partitura y aprender a ejecutarla para mi. Otras veces analizan al colocutor de tu plática con la precisión que sólo la mirada puede dar.

Tú mi amante, mantenemos en secreto la etiqueta para no romper el encanto de la naturaleza prohibida de nuestra relación que quizá en realidad no existe y sólo somos tú y yo coincidiendo en las cuestiones menos generales de la socialización.

Despido esta epístola jugueteando con mi último recuerdo que viniera a alterar la sístole auricular de mi aburrido corazón.

Sincerely yours… Vic