Tags

, ,

Siente la tensión en los músculos de la espalda; sus antebrazos tiemblan por el esfuerzo mientras que el dolor y el cansancio se disputan la mayoría del cuerpo. Su visión está un poco reducida y su respiración es un tanto agitada. Mantiene el ritmo cardíaco trotando un poco más…

“Un poco más… un poco más” se repite a sí mismo para distraerse del cansancio y obligarse a llegar hasta la bicicleta. Sube a ella y parte en el camino de regreso. Los muslos comienzan a agarrotarse poco a poco y las pantorrillas se sienten tensas y duras. Las muñecas no sostienen la postura por mucho tiempo y el dolor de los omóplatos le obliga a cambiar de postura cada poco tiempo.

Es el último esfuerzo pues sabe que al final del camino encontrará el descanso que precisa en ese instante. La sequedad de la boca solo es comparable al sabor amargo de la saliva mezclada con la tierra del parque y el humo de los autos. Uno, dos, tres… Cuenta el número de vueltas de la estrella… Diez, once, doce… le distrae lo suficiente como para seguir pedaleando.

Por el número sesenta llega a una esquina; no baja el ritmo, el semáforo continúa en verde. Un leve cálculo más cabalístico y empírico que matemático, le indica que alcanzará a cruzar la avenida sin reducir o aumentar el paso. Casi lo logra.

El sonido de un motor demasiado acelerado atraviesa efectivamente la música que sale de los audífonos. De un rápido vistazo capta la situación: el conductor de un auto, desesperado o con prisa hace caso omiso a la luz roja que lo mantenía quieto. Por un breve instante alcanza a ver el arrebato de locura en la mirada del inconsciente conductor.

Intuye más que siente, el auto muy cerca de la llanta trasera de la bici. Una ola de sudor frío que nace de la espalda se expande a una velocidad sorprendente por todo el cuerpo, es consiente de sus piernas y brazos como de cada uno de sus dedos y siente la temperatura en las orejas; acto seguido todos los músculos se relajan para responder ante la situación.

El auto ha pasado sin golpear, a penas lo logra. Tras el sudor frío, los sentidos se dilatan y convierten todo lo que perciben en una toma detallada de una realidad particular. El tiempo parece haberse detenido y aunque el cansancio le limitaba hace medio segundo, ahora es capaz de pedalear más fuerte, de ganar más velocidad.

Con cierto mareo, escucha al auto alejarse pero él no puede detener el torrente que se ha desatado y ahora el corazón bombea más sangre al cerebro y al resto del cuerpo permitiendo sentir el aire como una suave cortina que le cubre entero, ya no escucha la música y el oído esta presto a cualquier sonido anómalo mientras que la boca se reseca aún más y traga aire a bocanadas, el olfato se desactiva parcialmente.

Ya recorrió una cuadra más y casi termina de subir el puente, su pulso se tranquiliza y el cansancio vuelve de golpe para recordarle lo agotado que se encontraba. Por un instante siente cómo la sangre se escapa del cerebro, brazos y piernas dejando un hormigueo que entumece brevemente su coordinación, menos mal que sus respuestas son más instintivas que planeadas.

Al terminar de cruzar el puente respira, profunda, lenta y delicadamente hasta sentir los pulmones llenarse y expandirse, la vista vuelve a enfocar un objetivo y la música parece ganar volumen de nuevo. Una de sus piernas tiembla y la espalda vuelve a dar muestras de dolor. Sigue el camino pensando en la cadena de fenómenos que el shot de adrenalina provocó.