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Padre e hijo

– Todos terminamos dentro de alguna jaula en algún momento – dijo un ave a su pequeño hijo cierto día a modo de enseñanza.

– Pero padre, nosotros no somos aves domésticas – replicó el pequeño ante tal afirmación; no alcanzaba a comprender cómo una familia de aves libres como la suya podría terminar enjaulada – ¿por qué hemos de terminar en una jaula?

– Porque así es la vida pequeño… – dijo pensativo el padre con aire un tanto resignado – Pero no te preocupes demasiado, hay algo que muchas aves no saben y yo sí – agregó al ver la confusión en la que se hallaba hundido su polluelo – Tú puedes elegir en qué clase de jaula quieres vivir.

El pequeño pájaro comenzaba a ver entre líneas la idea que su padre trataba de explicar. – Muchas aves prefieren la vida tranquila de una jaula doméstica y se dejan atrapar – continuó el padre – viven a merced y cuidado de los humanos…

– ¡Pero eso es aburrido! ¡No pueden volar, ni hacer nada a su antojo! – Exclamó el pequeño sabiendo el destino de las aves domésticas ya que uno de sus primos prefirió dedicar su trino a los oídos de una anciana por encima de las dichas de la vida silvestre.

– Así es pequeño, como bien has dicho esa es una existencia aburrida, sin embargo lo que muchas aves no saben es que existen muchas clases de jaulas – dijo el padre bajando la voz y entrecerrando los ojos para añadir un poco de misticismo a su relato – y las que no están hechas de alambres son mucho más interesantes.

El pequeño pájaro abrió mucho los ojos y las plumas de su espalda se erizaron un poco, ¿qué clase de jaulas serán esas? se preguntó imaginando jaulas hechas de otros materiales comenzando a divagar mientras su padre por otro lado guardó silencio un momento para atizar la curiosidad naciente de su hijo.

– Como bien sabes, hay muchas clases de aves. Grandes y pequeñas, de brillantes colores o de majestuosos y serios tonos, de hermosos trinos o de ágiles y mortíferas garras, ¡vaya qué hay muchas clases de aves! – El pequeño asintió mientras seguía el relato tratando de no distraerse con un gusanito que paseaba valientemente en la rama en la que se encontraban.

– Hay aves tan majestuosas que se pasan la vida jactándose de su plumaje, cuidando que su timón luzca siempre perfecto, que los colores de sus alas estén ordenados. Esas aves construyen su propia jaula sin saberlo y se ven a sí mismas limitadas de hacer muchas cosas por su propio orgullo – El pequeño recordó en ese instante a una cría de quetzal que conoció mientras jugaba con otras aves. Aunque lo invitaron a jugar con ellos a saltar de rama en rama, el pequeño quetzal se negó diciendo que se podrían desacomodar sus plumas.

– Por otro lado, hay aves que se pasan la vida buscando comida, cazando o bebiendo, están siempre tan ocupadas en ello que jamás tienen tiempo para nada más y de eso precisamente está hecha su jaula de sus quehaceres…

– ¡Como los colibríes! – añadió el pajarito – siempre van de prisa a todos lados y nunca se detienen.

– Exactamente pequeño – corroboró el padre – veo que vas comprendiendo lo que intento decirte. Veamos otro caso, ¿qué me dices de las gallinas?

El pequeño pájaro hizo un esfuerzo por recordar lo que sabía sobre las gallinas – Son aves que no pueden volar… – dijo con cierta desconfianza y continuó al ver que su padre sonreía – se dedican a poner huevos, a cuidar a los pollitos y a platicar entre ellas… – se interrumpió para interrogar con la mirada a su padre y para ver el panorama de las gallinas y la jaula en la que viven – … ¡y esa forma de vida es su jaula, por eso no pueden volar!

– ¡Bravo! – aplaudió el padre – hay otras aves que han hecho su jaula a través de muchas generaciones, como las gaviotas que viven cerca de los puertos donde los humanos pescan y su jaula consiste en que siempre están esperando que algún humano se descuide para robar uno o dos pescados, o los flamencos que viven en grupos para protegerse entre sí.

– Como puedes ver, no todas las jaulas son malas – dijo el padre a modo de conclusión – y no son buenas si son demasiado estrechas que puedan apretarte – añadió haciendo cosquillas a su pequeño hijo – o demasiado grandes que puedan hacerte olvidar que vives en una. Lo importante hijo mío, es que tu puedes elegir de qué estará hecha tu jaula y que tengas presente que siempre puedes elegir una jaula mejor – finalizó no muy seguro de que su hijo hubiera escuchado ésto último ya que el pequeño se había lanzado a la caza de un gusanito que andaba por ahí.