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Como el título que lleva éste texto, así mismo sucedió: tuve un sueño. Soñé que la gente lucía sus mejores rostros; que la gente sonreía y señalaba cual niños en zoológico; que vestían atuendos extraídos directamente de las páginas de los catálogos de la última moda; que la llamada “crisis económica” no existía; que la gente sonreía por algo; que la gente andaba como si el mundo no importara…

Y luego me di cuenta de que mi sueño no era tal… La realidad me golpeó la cara con tal entusiasmo que mis ojos no sólo se abrieron, sino que mi ser contempló la naturaleza de esos otros seres en su expresión menos natural pero sí la más social.

Resulta que hoy fui a una plaza comercial a babosear y a ver con qué artes me seducía el consumismo; mientras estaba mirando aparadores y comiendo helado, no pude evitar notar varias cosas (claro, para eso están los sentidos…) bueno, cosas fuera de lo normal, o quizá son tan normales y yo tan ajeno a ello que no lo había notado. El caso es que vi a un montón de gente que compartían raíces, gustos, vestimenta, mirar y sobre todo, actitud.

La gente que sale al mercado con sus mejores atuendos me da risa; se arreglan, se peinan, se perfuman y se echan encima toda la parafernalia digna de quien va a un evento del más alto raigambre, sólo para ir a comprar la despensa al mercado… El análogo de las zonas “fresas” de la ciudad, son las plazas comerciales y el fenómeno social que en ellas ocurren, es tan peculiar y digno de estudio que yo ni siquiera haré el intento de llamar a esto un ensayo sobre eso; diré que sólo es lo que vi hoy.

Es curioso observar a las personas, que andando junto a sus acompañantes andan en valeroso andar por las tiendas, tiendas que claro está venden un nombre disfrazado de calidad; pero las personas son felices comprando capitalismo en forma de las cosas que les venden para hacerles sentir que son alguien. Otro alguien más sabio que aquellos que son nadie, me dijo que la clase y el estatus social no se pueden ocultar. Así la marca cueste 10,000 pesos por un artículo que obviamente puedes conseguir por menos del 1% de su precio en el mercado pirata, quien lo compre no necesita justificarse o arrepentirse, no deberíamos comprar por gastar dinero ni porque el dinero sobre, comprar (como acto consumista y punto clave del capitalismo) no debe representar la adquisición de un artículo que te haga ver bien ante los demás, deberías comprar un artículo cuyo servicio y existencia sean suficientes para satisfacer tu felicidad, única y exclusivamente tuya.

Otra persona me comentó, que cómo era posible que el mecánico de la esquina (como entidad en general), que toda la vida lleva la ropa remendada de la chamba, que los domingos representan el ritual sagrado de cerveza, amigos y fútbol, pudiera haberse hecho de una harley davidson, mientras que otros que se la viven trabajando lleven más de 20 años en ello y no lo logren. Quizá sea porque el objetivo de trabajar no es el mismo… el mecánico trabaja por comprar una harley, mientras que el otro trabaja para pagar las cuentas.

Esa naturaleza del trabajo es lo que hace de la sociedad el monstruo capitalista que es y de las instituciones, los manicomios a los cuales vendemos el alma con tal de tener “un poco más” de la basura que nos ofrecen. El mensaje es el mismo: el pueblo decide. Pero volviendo al tema de las plazas comerciales, yo vi en mi travesía una sociedad carente de problemas, carente de carencias, carente de diferencias puesto que convivían entre sí el reggaetonero que vino en camión, hasta la señora de nariz respingada y adusto comportamiento.

Ya lo dijo Andy Warhol:

Lo que es genial de este país es que América ha iniciado una tradición en la que los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres. Puedes estar viendo la tele y ver la Coca-Cola, y sabes que el Presidente bebe Coca-Cola, Liz Taylor bebe Coca-Cola, y piensas que tú también puedes beber Coca-Cola. Una cola es una cola, y ningún dinero del mundo puede hacer que encuentres una cola mejor que la que está bebiéndose el mendigo de la esquina. Todas las colas son la misma y todas las colas son buenas. Liz Taylor lo sabe, el Presidente lo sabe, el mendigo lo sabe, y tú lo sabes.

Con esa realidad, ¿qué puedes hacer?  Pero dado el carácter equilibrado del mundo entero, es de esperarse que una fuerza igual en magnitud y opuesta en sentido, surgiera de esta utopía consumista: Los dependientes de las tiendas. Es claro que el dependiente de la tienda ofrece sus servicios al mostrarte, ayudarte y cerrar tu transacción bajo el nombre de una empresa a la cual le vende su tiempo. Sin embargo, esa necesidad de el rol del dependiente llega, en algunos casos, a ser fuente de corrupción y vuelve al servidor en verdugo y lo engaña de estar por encima de los compradores.

La realidad de todo esto es que tanto compradores como dependientes salieron del mismo sitio, son personas iguales y carecen de lo mismo, sonríen con la misma máscara y hablan el mismo idioma mientras poseen el mismo léxico. Sin embargo pareciera que el mostrador posee propiedades místicas que dotan al cobrador de poderes que le ayudan para denigrar a sus semejantes y mirar hacia abajo a quienes disfrutan su tiempo de “shopping”.

Es triste, puesto que el papel del servidor hoy, puede ser el del comprador mañana y eso es tan impredecible como el clima, los resultados de la lotería o cuándo dejaré de equivocarme respecto a los latidos de mi corazón. Astutamente, éste juego es de dos, y así como hay servidores malos, hay clientes malos. Clientes que por el simple hecho de tener la posibilidad de consumir en el mercado lo que quizá no le haga falta tanto como a su ego, se aprovechan de ésta situación para tratar con desprecio al servidor que a base de su tiempo consigue dinero para hacer lo que hoy, su cliente está haciendo.

Éste juego no es nuevo, es ya una mecánica bien establecida y conforme los niños crecen, aprenden las reglas del mismo sin olvidarse claro, de imitar los defectos de sus padres. Las empresas lo saben, si no, no habría cosas que vender; los vendedores lo saben si no, no iniciarían un negocio, todo mundo lo sabe… y eso suena a la canción típica de la Santanera… El fenómeno social que ofrecen las plazas y centros comerciales es sin duda, muy interesante. Ver gente vestida de pies a cabeza con el atuendo de un maniquí es muy divertido. Así como las señoras que sacan sus mejores fachas para ir al mercado, así éstos se disfrazan de su maniquí favorito de su tienda (seguramente española) favorita y ambos, me causan gracia.

Sin conclusión bien enfocada ésta vez, cambio de tema. Cerré mi facebook. No sé si alguien ya lo sabía o si no, en cualquier caso el motivo de darlo de baja fue que de un tiempo para acá las actualizaciones se volvieron del tipo de:

  • Fulanito necesita madera para su farmville
  • Menganito puso en venta un pequeño ornitorrinco de su happy aquarium
  • Sultanito (de algún país árabe pequeño será) encontró al gran hydeni y tiene un regalo para ti
  • A, B y C han jugado Mafia wars únete
  • Gamma (según Huxley ;D ) ha sido taggeado por otros gammas en esta foto
  • Delta ha agregado a 1701 amigos

Y así… y en un único caso, 1 comentario (resultado de vincular el messenger con facebook) por cada 20 likes de videos en youtube (por la misma causa). Así que no, a modo de carta suicida y como último intento de reavivar los threads de comentarios hice lo siguiente:

A nadie le intersa lo “social” de las redes sociales, so, I cancelled my facebook account…

Vic (con gdipa)