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Por cuestiones de la entropía de la vida que no vienen al caso, he estado tras la caja tonta (en el sentido figurado) y he visto y vivido lo que es el hacer televisión. Es ajetreado, ruidoso, organizado en un 50% y por cada cosa que dicen que van a hacer, hacen dos completamente distintas. Pero eso sucede en cualquier show, vaya que si lo sé, lo que cambia es la escala y el número de títeres por mover.

Pero vamos, no es del trabajo de hacer televisión de lo que quiero hablar; me gustaría enfocarme más en el aspecto socio-psicológico que envuelve “la magia de la televisión”. Dado el lastimero boom de los reality shows la tele se ha inundado de un montón de extraños cuyo mayor talento es “verse bien” y “cantar”, es obvio que me refiero a la idiotez de la Academia. Antes que nada, tengo que decir que yo soy 100% anti-televisión, no la veo, aunque por ese devenir que no obedece mi quehacer, estoy medio involucrado en ello.

Volviendo a la Academia, la razón por la cual usé el término «lastimero» es porque esos programas dejan más daños que beneficios y no son un gran negocio; digamos que arriesgan mucho ahorita por gente a la cual explotarán en un futuro medio lejano. Pasando más a lo general de la televisión, uno ve a la gente de la pantalla y lee entre líneas, cierta personalidad y forma de ser, al menos dentro del programa o de los segmentos en los que salen.

La realidad dista mucho de ser eso y creo que todo mundo lo sabe pero a nadie le gusta admitirlo; les gusta creer que los artistas y conductores son entes perfectos con vidas diferentes a las de nosotros y que son de un tipo especial de personas, pero no. Son humanos comunes y corrientes, y en muchos casos más corrientes que nadie. Como cualquier persona, dicen idioteces, se enojan, fuman, beben, llegan crudos, despeinados, desmaquillados (sobra decir que el maquillaje, un buen enfoque y una cámara profesional hacen una diferencia enorme). Los he visto tal y como son, ni siquiera en sus lados sensibles porque esos lados también están vendidos a la tele. No, en su forma prístina humana.

Es curioso lo que sucede con estos programas… Juntan a un montón de gente cualquiera con atributos que ellos (la empresa, para usar sus propias palabras) saben, constituyen la fórmula para seguir vendiendo basura a la pobre gente que no sabe nada, ni se entera de nada y dudo mucho que quieran hacerlo. Esto me recordó una frase de una de mis profesoras, que sacó de no sé donde: La felicidad es para los idiotas. Concuerdo medianamente, porque debe ser posible tener 5 minutos de idiotez a la semana o algo así, lo demás se utiliza en cosas entretenidas, divertidas o interesantes.

A todos esos desconocidos que forman parte de la “nueva generación” se les educa, se les vuelve dóciles, se les entrena, se les enseña cómo hablar, cómo caminar, cómo mirar, cómo ser «gente de la televisión» de modo que engendran esa subespecie de la humanidad en esos pobres, que de inocentes sólo tienen los sueños de fama, fortuna y renombre que jamás habían deseado soñar.

La televisión por definición lo que vende es vista, imagen, estereotipos de belleza y perfección artificial y como dije en el post pasado, todo eso es copia de lo que hizo gente con más idea y menos mañas que los dueños de las televisoras nacionales. La metamorfosis de estos incautos incultos, no solo se limita a aquellos que salen en los programas de reality. De manera desafortunada, en la tele todo mundo es gato de alguien más y son contados, muy contados, tan contados que con un dedo los cuento y me sobran dedos, los que no poseen una altanería que según yo, carece de fundamentos; un desdén que hace parecer que el funcionamiento del programa depende enteramente de ellos y no. La vida sigue a pesar de quien siga mañana.

Todo esto es debido a que la gente no es más exigente, si la gente dejara de ver esa clase de televisión, dejaría de existir… pero no, la gente pide Laura de todos…

En fin… I Hate the TV… Vic