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Prefiero, para pensarte,
la soledad donde reinas,
tan altamente radiosa
que la empaña tu presencia.

No creí que llegaría,
vencida toda la fuerza,
a ceñirte con mis ansias
mejor que con mis cadenas.

Chispa en el vuelo captada,
sagrada cosa ligera,
te mudas para vivir
de constancia y transparencia.

Dulce fuego ya, perduras;
por los sentidos te entregas,
y asciendes luego a la cumbre
donde te asfixias de ilesa.

¿Qué sortilegio rompió
esta natural corteza?
¿Quién desató las amarras
que te tenían sujeta?
En vértigo superior,
toda giras, toda vuelas,
en mi sueño angelicada,
más cerca de ti, más cierta.

Más cerca de mí. La duda
que el filósofo aconseja,
si no te forjé yo mismo
a mi oído cuchichea.

Y en el agudo argumento
que la duda desmadeja,
me voy desangrando a solas
y otra vez solo me dejas.

Alfonso Reyes, 1941