Normalmente no viajo en el transporte que nos ofrece el gobierno de nuestro maravilloso país (sarcasmo!) siempre ando en mi bicicleta, más por una cuestión de necesidad que por una decisión propia… No, no es cosa de pauperismo, el puto transporte público es la causa… ¡digresión!

A ver, viajo en bici porque están construyendo la línea tres del metrobús y es más fácil hace 20 minutos pedaleando,  a unos considerables 40 – 60 en un microbús, además de todas las ventajas que conlleva: 40-50 minutos diarios de cardio, no contamino, yo soy dueño de mi tiempo (ajá) y todo eso que se viene abajo cuando me encabrono por culpa de los automovilistas… siempre. Pero ahora no voy a hablar de los idiotas al volante, sino del ganado que transportan. Este fin de semana anduve de pata de perro y paseé por toda la ciudad, casi literalmente.

Primero, hablemos del transporte bicentenario… El de reforma pues es una partida de madre para los viajes cortos, pero si vas hasta el Km 31 (o 13, no sé) o al Auditorio supongo que vale la pena, más cuando el metro se inundó un día antes y hay hasta soldados en hidalgo custodiando el anden. Pero no, tampoco es sobre las diversas rutas. El problema es, y siempre será, la gente.

El transporte bicentenario rumbo al Toreo iba vacío, como 5 personas y yo, muy cómodos todos y por la módica cantidad de 10 pesos uno se evita el putichinguerío de gente del metro y así fue que llegué muy a toda madre y en buen tiempo hasta Cuatro Caminos. El pedo está en la gente que me encontré en la entrada al metro… Yo tenía que ir de la letra P hasta la I y para ello, hay que cruzar el laberinto de barrotes que por alguna razón todo mundo se brinca para entrar por el centro; en mi paso por ahí no pude dejar de notar el chingo de gente que a diario pasa, todo mundo mal encarado (y no es que yo sea Heidi para andar sonriendo) pero a leguas (o a kilómetros porque estábamos en tierra firme… Al abordaje capitán!!) se nota que desprecian su día a día, qué triste!.

Luego me subí a un camión lleno de estudiantes, lo cual es un momento de neutralidad porque ellos, como yo, cada quien va en su propio mundo; dejándose absorber por las murallas que sus audífonos construyen alrededor de sus pensamientos, donde su humor y sus dichas y desventuras son solo suyos y de nadie más; aquél mundo del cual quizá no debieron de haber salido todas estas palabras, pero en fin. El ambiente armonioso tenía que romperse gracias al maldito operador del transporte (gato) y su música: La Changa. ¬¬

Paréntesis. No comprendo para qué la gente contrata a los mentados «sonideros», normalmente los idiotas al frente de sus mezcladoras se la pasan hablando y diciendo una sarta de estupideces tal como si de sus letanías dependiera el éxito de la “fiesta” (o, ¿cómo se dice cuando juntas un chingo de gente fea en un lugar, normalmente feo, y les das libertad?), al final de ello dejan 2 instantes de música grabada y vuelven a mandar saludos a todas las zonas populares del DF y área metropolitana. ¿Quién puede bailar con la voz de Ramón Rojas incesante ante un micrófono? (sí, sé cómo se llama el maldito gracias al disco del pinche conductor del microbús). Fin del paréntesis.

Después de eso, no hubo mucho que valiera la pena siquiera recordar, más de lo mismo: bebés chillando, gente que pierde el equilibrio para caer sobre más gente, más música horrenda y el día hubiera cerrado “normal” de no haber sido porque intenté abordar el metro a las 11 de la noche… En hidalgo… En viernes… En quincena… → #TotalFail.

No tengo idea de cuánta gente había en el anden esa noche, solo sé que entre más tiempo tardaba en pasar el metro, más y más gente horrible se juntaba. Señoras que despedían un olor a cloro dejando pocas dudas sobre su trabajo, señoras ancianas con su aire de sabihondas adivinando dónde va a quedar la puerta para ver de dónde es más conveniente lanzarse hacia el metro, señores que creen que la orden de “detrás de la línea amarilla” es solo para molestarlos y reclaman por ello, personas que dejan la decencia en casa antes de salir en las mañanas y que no les importa aventar a las ancianas para meterse al metro, gente cansada de su ir y venir por la ciudad y gente que como yo, parecía que disfrutaban el espectáculo. Me subí hasta el tercer metro que pasó después de que me “formé” para abordar.

Quizá ya había sido suficiente para un solo día, pero pues el fin de semana aún no terminaba. Al día siguiente viajé en uno de esos «micros» de los que mencioné como opción a la bicicleta y sí, hice los mencionados 60 minutos de viaje :@ a más que el conductor era demasiado imbécil para conducir. Después, ya para concluir porque ya me dio flojera, me subí a un Re Te Ponzoñoso y ahí sí fue donde no pude evitarlo y viaje encabronado todo el trayecto. Señores sentados en las escaleras y estribos, señoras con bultos y señoras con niños, incluso señoras cuyos niños cargaban bultos, ancianos que por su condición abusan de los demás, niñas hablando mal, niñas feas hablando mal, niñas feas hablando mal escuchando reggaeton… o pop… o ambas e_e, señores en calidad de ebrios, más y más gente fea salida de quién sabe dónde.

En conclusión, este fin de semana que vi de frente el México de verdad, el México que me había perdido por la comodidad de mis 2 ruedas y mi autismo inducido, me di cuenta de que la “pobreza” no es tanto la falta de dinero como la falta de cultura, puesto que el dinero solo es la ilusoria barrera que divide los estratos sociales que solo son visibles a ojos del elitista consumado y que el dinero solo marca la diferencia cuando los padres de los que ahora componen la juventud de mi generación, se pasaron la vida buscándolo en lugar de hacer con sus ganancias la base de una vida de verdad y por ello sus hijos, mis contemporáneos, son entes huecos. Triste. Pero me consuela saber que el sistema capitalista, impuesto tras la revolución, es la base de toda esta mediocridad estancada.

Conclusiones confusas, by Vic.