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Ya que hemos estado hablando de sentimientos y gracias al comentario de Ginger en el post anterior, vamos a hablar de ello desde otra perspectiva.

El ser humano, impasible, firme, quieto y seguro de sí, conoce la derrota en las suaves pero traicioneras manos de los sentimientos. Su semblante desafiante, su actitud valerosa y su desdén natural, se enternecen al escuchar una sola sílaba en la melodía de la voz de quién ha declarado como suyo ése pedazo de corazón al que no cualquiera accede.

La vida, en su continuo desequilibrio caótico, toma a la sorpresa y la instaura como variable en el ir y venir de cada uno de nosotros, al fin, títeres de los designios del corazón. Es imposible predecir cuándo una caricia te hará el ser humano más eufórico del mundo, cuándo el silencio compartido dirá más de lo que pudieras llegar a expresar con palabras, cuándo un alma en soledad buscará refugio entre tus brazos.

Existe también el delirio de esas horas de sueño que nos son arrebatadas violentamente por ése otro ser. No su intangible presencia en el diván donde reposan los recuerdos, no su etérea figura al borde de nuestro tacto y precisamente por el conjunto de todo esto, ese otro ser se materializa integro ante nosotros, integro y malvado, completo y tan ajeno, tan nuestro como la conciencia que nos recuerda la lejanía que nos separa.

Despertar tras un sueño habitado por esa otra persona cambia el ambiente y el flujo espiritual que veníamos siguiendo, altera los sentidos y hasta cierto punto, la ilusoria creencia de que ese sueño no fue tal, nos lleva a un frenesí incontrolable y llegar a pensar que en realidad la dimensión de los sueños se mezcló con la realidad a tal grado que esa otra persona ahora sabe lo que acabamos de soñar y su participación no fue resultado de nuestro verdadero deseo subconsciente, que su total silencio sobre ello es un pacto de complicidad implícito entre los dos. El romance pasa y toma lo que le viene en gana sin pensar en el desastre que deja tras de sí; los daños de una mañana solitaria devastan más que el peor de los insultos, porque el peor de los insultos no atacan la razón o la moral, los insultos que más dañan son los provocados por el filo de los labios que también son capaces de provocar los terremotos menos misericordiosos en los terrenos del alma.

Atesoramos en lo más recóndito del alma aquél instante de total entrega al romance, aquél gesto que tras su brillante estela trae a cuestas el burlón rostro del desengaño. Nunca es suficiente el tiempo y siempre encontramos las palabras adecuadas cuando hablamos con el fantasma del recuerdo. He de concluir aquí, sin más que agregar, sin más que relatar sobre los sentimientos, a final de cuentas, ¿qué puedo venir a contar si mi corazón ya no cuenta nada, si todo lo que sé tu lo sabías ya?

Vic🙂