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Ajá…

Normalmente dejo que la gente vaya y pierda su dinero y tiempo en festejar el aniversario de su país (que han de saber, no es el mismo que el mío); hubo un tiempo en el que gustaba de ver al presidente gritar a todo pulmón los nombres de personas ilustres de verdad; hubo un año en el que publiqué aquí mismo 10 cosas interesantes por las que vale la pena creer en México, mi fe decaía pero aún así procuré ponerme al margen de los festejos.

Éste año, el año del bicentenario del inicio de la revuelta por la búsqueda de la independencia, simplemente no hay de dónde sacar optimismo (el presidente está haciendo su discurso en el desfile en estos momentos). Millones de pesos gastados en los festejos del bicentenario, 2 años de obras, 2 años de preparativos, 2 años de voltear el DF de cabeza, y al final, México no tiene nada que festejar.

Hace 200 años, la corona española regía todo ámbito de éste suelo, solo los españoles (o descendientes de ellos) podían aspirar a los puestos de poder y riqueza, los nativos, los mexicanos, solo podían aspirar al sacerdocio.

Hoy, es claro que hemos evolucionado, ya no es la corona española quién manda, es la corona corporativa la que mueve los hilos de la vida del país; no solo los hijos legítimos de la madre patria pueden aspirar un puesto de poder, ahora los hijos de los que tienen poder, pueden aspirar a más poder de 9 de la mañana a 2 de la tarde con descansos en la casa de campo los fines de semana; los mexicanos de antes ahora se llaman la “clase obrera”, “clase media”, “clase trabajadora”, y no sólo aspiran al sacerdocio: pueden joderse trabajando toda la vida por sobrevivir en ésta sociedad, o joderse 3 años en el camino de las armas y vivir a toda madre hasta que la muerte decida venir por ellos.

Hace 100 años, tras una serie de guerras en pos del establecimiento de una nación libre y laica, llegó el Gral. Porfirio Díaz  y tomó una nación desunida, una nación revuelta, lastimada y caótica y la llevo de la mano como a un niño pequeño hacia un objetivo: conocimos la revolución industrial, las líneas de ferrocarril, la “aristocracia”, la paz, y a pesar de la dictadura íbamos hacia algún lado.

Como siempre pasa, las minorías inconformes haciendo alarde de una inteligencia y sabiduría que no poseen, vieron en la dictadura, el acto más reprochable de la nación de aquellos días; si bien la pobreza no había sido erradicada del todo, la delincuencia había bajado. Pero México no quería paz, México buscaba pretextos para hacer más guerra, la generación revolucionaria nació con las ideas de guerra y libertad de sus abuelos, escucharon a sus padres hablar del letargo del país y nació en ellos un fuego de lucha que no bien habían entendido lo ocuparon para derrocar al dictador. Las ideas de los defensores del campo, creo que fueron las más acertadas, aunque el camino de las armas no fuera la mejor elección, era la única que ellos veían.

Ahora hemos avanzado. Ya no tenemos ese fuego de guerra y libertad, adoptamos el letargo y la indiferencia ante el México violento que se nos presenta día a día. Ya no vamos a ningún lado y nos quedamos estancados en la carrera tecnológica. Sigue habiendo minorías inconformes y más que nunca hacen alarde de inteligencia y sabiduría que no sólo no poseen, sino que están asombrosamente lejos de poseer con sus juicios repetitivos e inculcados. Ya no hay dictadura, al menos no de manera pública, hay gente conocedora que nos podría hablar de la dictadura política del PRI y que podría remontar ese monopolio a los resultados directos de la revolución hace 100 años.

Sigue habiendo pobreza con la diferencia de que ahora hay más delincuencia que nunca. Aunque haya ilustrados que sigan gritando y proclamando a los 4 vientos los errores de México y sigan acusando a aquellos responsables de la situación, nunca, nadie, les va a hacer caso. A nadie le conviene.

“Ahora México es independiente de España, y de toda otra nación” dice el presidente, independientes de todos, menos de nosotros mismos, secuestrados por el narco de manufactura nacional. Por segundo año no vi el grito de independencia, por segundo año siento que mi deber con México no depende de una muchedumbre gritando “vivas” al unísono, por segundo año, no comprendo qué celebrar.