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5:15 am. Suena la alarma y se levanta abruptamente a apagarla. La interrupción le arrebató las últimas imágenes del sueño en el que se escondía. Toma la decisión de lo que usará basado quizá en el precepto de “verse bien”; a veces le gana el desgane y toma lo que sea que le haga sentirse “cómodo”. Se baña, se arregla y se va.

El camino le sirve de pretexto para escudarse tras “su música”, se inventa la falacia de que escuchar aquellos ruidos le da cierto aire de individualidad, cuando solo lo hunde más en la imposibilidad de su libertad. Llega como siempre a la escuela, sonríe, soporta, en silencio añora desaparecer a mucha gente, tras la cara de entendimiento y la máscara que le da el estatus académico, esconde sus verdaderos deseos de psicópata.

Imagina cómo sería su día si hubiera menos gente, si solo aquellos que de verdad están con él estuvieran ahí. Muy a su pesar, la jornada de estudio no es eterna y tiene que dejarla sabiendo que se lleva consigo la carga de saber que regresa aunada a la felicidad de saber que al menos en la escuela le va bien.

Llega de nuevo y saluda; da el discurso de llegada, el protocolo establecido por los años de rutina. Trata de enfundarse en el trabajo escolar cuando las constantes interrupciones del exterior y “su causa” le arrebatan el sosiego y el tiempo. Cuando al final cesan las interrupciones ya es tarde, debe trabajar horas extras y la luz de su habitación es uno de esos puntitos solitarios de luz en el inmenso mapa de los que habitan la noche.

5:30 Hoy decide que 15 minutos más bastarán para saberse descansado, sin embargo la rutina no cambia, es invariable como el paso del tiempo y tan odiosa como sólo la monotonía puede serlo. Al llegar la noche solo sus conversaciones con lo ajeno de los demás le arrebatan sonrisas y latidos al corazón, aunque al final sea demasiado tarde y de nuevo tenga que sacrificar sus sueños.

5:10 Hoy le gana al despertador y una vocecilla se cierne sobre su oído, diciéndole suavemente que hoy puede romper la rutina, que está al borde del suicidio de la voluntad, y que si acepta tendrá alas para no morir en la caída. La acalla sabiendo que las consecuencias de ese anhelo de libertad son devastadoras. Se levanta y la voluntad da un paso a la orilla, la rutina vuelve a ganar.

5:19 La máquina en la que se ha convertido despierta con un imperfecto; un buen sueño y algunos recuerdos le dan el aliento de felicidad que esperaba y decide que la rutina puede quedar en coma por un día, se levanta y se arregla lo mejor que puede, es sutil y sin embargo se percibe ese aire, a pesar del desanimo que le causa ver la incompetencia y el retraso mental de los demás entes en la escuela sonríe satisfecho.

Regresa a su mundo de interrupciones y debido al desperfecto no las atiende como acostumbraba, no las atiende porque simplemente no quiere hacerlo. Los técnicos deciden que ese imperfecto no puede quedarse así, llaman a todo mundo y establecen que el trabajo a pesar de poderse llevar a cabo, precisa que la máquina esta en óptimas condiciones (sus, óptimas condiciones) para eso está, para servir y trabajar por la causa, es imperdonable que la máquina no funcione.

Otras veces la máquina ha fallado, pero nunca como ahora. Sí, hace ruidos como de guitarra, a veces habla y habla, pero solo se le deja sonar un rato y ya, sigue a su servicio. Es incorregible que no responda. O peor aun que haga algo fuera de lo que se estipula en el Plan.

La máquina que en su interior guarda su alma, sopesa las cosas y los hechos a su alrededor, procesa las peticiones y lo que desea, y al final solo hay dos caminos: acallar la vocecita que le habla de libertad, y seguir con el trabajo por el Plan; o romperse a sí mismo a fin de liberarse aunque el Plan se vaya al garete.

La decisión le consume tiempo, esfuerzo, recursos al final empieza a sufrir anomalías, ya no sonríe ni por compromiso, los deseos psicópatas van desbordándose, a intermitencias realiza lo que quiere y luego lo que le piden, no conserva el control de nada, la escuela cae, las conversaciones no van a ningún lado, la tristeza le aplasta, el grito que clama por escapar de su garganta le ahoga, cuando se detiene el tiempo y toda actividad en su mente y en su corazón cesa, los mecánicos decretan que la máquina es inservible, ha caído en locura.